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Allá por los años del siglo mil quinientos, en el ferviente y soleado pueblo de Morón, Sevilla, un hombre osado recibió una lección que resonaría a lo largo de los siglos. Don Juan de Esquivel, juez de la Audiencia, fue enviado para calmar las aguas turbulentas que enfrentaban a dos bandos en disputa, sus espadas y orgullos chocando como las olas en un temporal.

Imagen perteneciente a culturandalucia.com

Juan, altanero y seguro de sí mismo, desfilaba por las estrechas callejuelas empedradas, proclamando con voz resonante y pecho inflado:

—Aquí solo canta un gallo, y es el que yo hago cantar.

Los lugareños, al principio curiosos y respetuosos, pronto comenzaron a cansarse de su actitud altiva. Día tras día, sus palabras se repetían como un eco interminable, y en los corazones del pueblo empezó a crecer una semilla de hastío.

—¿Quién se cree este hombre para hablar como si fuese el rey del corral? —se murmuraba en las tabernas, mientras las jarras de vino chocaban y las miradas de complicidad se cruzaban.

Fue así como un día, con la astucia propia de la tierra andaluza, los vecinos idearon una trampa. Con halagos y promesas, invitaron al prepotente juez a un paseo por el camino de Caniles, bajo el cálido sol de la tarde. Allí, entre risas contenidas, lo despojaron de sus ropajes hasta dejarlo en cueros vivos, expuesto al viento y a la vergüenza.

Armados con varas de acebuche, los hombres lo «invitaron» a marcharse, exigiendo que el gallo, tan seguro de su canto, demostrara su valía en tan inusual situación. Y vaya si cantó. Las montañas cercanas resonaron con sus súplicas, pero el eco no le devolvía la dignidad que había perdido.

Desplumado y humillado, el juez no tardó en abandonar el pueblo. Su arrogancia fue su castigo, y desde aquel día, los hombres y mujeres de Morón de la Frontera comenzaron a recitar una copla que perdura hasta nuestros días:

—Anda que te vas quedando,
como el Gallo de Morón,
sin plumas y cacareando
en la mejor ocasión.

Hoy en día, los viajeros que pisan las calles de Morón de la Frontera aún pueden escuchar la advertencia. Los habitantes, con el orgullo de su historia a cuestas, se aseguran de recordar a aquellos que pretenden alzarse sobre los demás: en otros sitios se soportarán las simplezas, pero en Morón, donde las plumas tienen memoria, no se toleran las chulerías.

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